La Bondad de los Desconocidos

Durante mucho tiempo he creído en algo que hoy me cuesta incluso escribir sin un nudo en el estómago: la bondad de los desconocidos. Ese impulso casi automático que aparece cuando ves a alguien vulnerable, roto, solo. No porque te sobre nada, sino porque sabes lo que es estar ahí. Porque has estado ahí. Porque piensas —ingenuamente, quizá— que si tú puedes ayudar, deberías hacerlo.

No hablo de heroísmo. Hablo de humanidad básica. De esa idea simple de que entre personas, entre colegas, entre seres humanos, nos echamos la mano.

Esta historia empieza así.

La empatía como punto de partida

Conocí a Jr por referencias cercanas. Era el ex de dos conocidos míos. Historias mezcladas, algunas buenas, otras no tanto. Nada que no nos pase a todos. Un día vino a casa. Charlamos. Me contó su historia.

Una historia dura, brutal: una agresión, una violación, una cirugía enorme, secuelas físicas y emocionales. Me enseñó la herida. No era un cuento. Era real. Dolía verla.

Y ahí pasó lo que siempre me pasa.

Me solidaricé.

No desde la lástima. Desde el reconocimiento. Desde saber lo que es estar solo en un país que no es el tuyo. Desde esa empatía que no pregunta demasiado porque quiere creer. Le ofrecí ayuda. No dinero regalado. No favores absurdos. Ayuda concreta: compañía, apoyo y, eventualmente, una habitación temporal, con condiciones claras.

Nada gratis. Nada indefinido. Nada raro.

O eso creí.

Cuando tu casa deja de ser un hogar

Desde el primer día, algo empezó a torcerse. Personas entrando y saliendo. Excusas. “Son amigos”. “Es puntual”. “No volverá a pasar”. Yo intenté ser comprensivo. Ajusté el precio. Fui flexible. Pensé que era un momento complicado para él. Pensé que se regularía.

No se reguló.

Mi casa empezó a dejar de ser mi casa.

Ruidos de madrugada. El timbre sonando a cualquier hora. Puertas azotadas. Vecinos molestos. Miradas incómodas en la escalera. Hasta que llegó lo inevitable: un correo formal de la inmobiliaria que gestiona el piso donde vivo desde 2018.

Siete años.
Siete años sin una sola incidencia.
Y de repente, amenazas de llamar a los Mossos, advertencias legales y la posibilidad real de perder mi contrato.

Todo por haber querido ayudar.

El abuso de confianza

A partir de ahí, la situación se volvió insostenible.

Movimiento constante de gente desconocida. Clientes. Personas desnudas saliendo de la habitación hacia el baño. El novio metido en casa como si fuera suya. Consumo de agua y luz disparado. Uso del piso como si fuera un local. Yo, encerrado en mi habitación, sintiéndome inseguro en mi propia casa.

Y aquí quiero ser muy claro: no me escandaliza el trabajo sexual. No me asusta la sexualidad. No me molesta la vida ajena.

Lo que no tolero es que alguien convierta mi hogar en su espacio de negocio, sin mi consentimiento, a mi costa, poniendo en riesgo mi seguridad, mi contrato y mi tranquilidad.

Eso no es libertad. Eso es abuso.

Para culminar, después de haber saqueado mi casa y dejarme un chiquero en la habitación, me dejó un mensaje de voz donde me llamaba “loca, por eso estás sola, porque estás loca”. Que mucha gente se lo había dicho. Que yo estaba “loca”.

Tal vez algunos piensen que estoy loco. Puede ser. Sí, yo también lo he pensado.

Pero ¿estoy solo por mi locura?

Amor, soledad y libertad

Para mí tener pareja no es el objetivo de la vida. No deposito el 50 % de mi felicidad en una “media naranja” que quizá nunca llegue. Llevo 17 años soltero. Con un único paréntesis de seis meses con Igor. Y no me siento incompleto.

A mi edad no busco que me vean como un sugar daddy.

Porque soy daddy, sí.
Pero sin sugar.

Nací solo y moriré solo. Y eso no me asusta. Me obliga a algo mucho más importante: aprender a estar bien conmigo mismo. A no depender emocionalmente de otros. A no aceptar migajas de respeto por miedo a la soledad.

Eso, sí, es de alguien que está loco.

Más vacío que yo, que estoy solo, está quien vive de las limosnas emocionales, materiales o sexuales que otros le tiran. Como Jr con su noviecito, que está claro que está con él por lo que le saca.

Pero la “loca” soy yo.

Sí, claro.
La más loca del mundo.

Tengo que empezar a ser más bondadoso conmigo mismo

Lo más perverso de estas historias no es solo lo que hacen los demás. Es cómo te deja a ti.

Te quedas con la culpa. Con la duda. Con la pregunta recurrente: “¿por qué siempre me pasa esto a mí?”. Y durante días me castigaba por haber ayudado. Por haber confiado. Por haber sido “demasiado bueno”. Como si la bondad fuera un defecto.

No lo es.

El error no fue ayudar.
El error fue tolerar la falta de respeto después de detectarla.

Quiero cerrar agradeciendo a Álex Rei, autor de El Diario de JL.

Fue ahí donde entendí de verdad qué significa la bondad de los desconocidos… y también su lado oscuro.

Gracias a JL entendí que muchas veces me hacen daño no porque sea débil, sino porque soy generoso.

Y aquí está la verdad incómoda:

Yo soy así.
Bondadoso.
Confiado.
Sincero.

No quiero dejar de serlo.

Pero si me traicionas, si me mientes o si intentas aprovecharte de mí, sales de mi vida. Sin dramatismos. Sin escándalos. Sin segundas oportunidades.

Porque ahora lo sé:

Tengo que empezar a ser más bondadoso conmigo mismo.

La gente no siempre aprecia lo bueno que podría durar toda la vida.

Y con toda mi bondad, digo:

¡Hasta luego, Maricarmen!

Marco Aguirre Cobos

Soy un profesional del marketing digital que cree en el poder de las ideas, los datos y las conexiones humanas para generar cambio. Después de años trabajando en startups, agencias y empresas tecnológicas, entendí que el crecimiento no se trata solo de métricas, sino de propósito, empatía y visión.

He liderado proyectos globales en paid media, SEO, analítica y estrategia digital, siempre con una mirada creativa y orientada a resultados sostenibles. Mi experiencia abarca mercados de EMEA, APAC, LATAM y Norteamérica, pero mi motor sigue siendo el mismo: construir marcas con alma y hacer del marketing un puente entre personas, cultura y tecnología.

https://macdigitalmkt.com
Siguiente
Siguiente

El arte de pedir perdón (y de perdonar) en Navidad