Del “Make a world more open and connected” al ocaso del ‘Metaverso’

Ya han pasado casi diez años….

Diez años desde que salí de Facebookno de Meta, de Facebook— y, aun así, nunca he hablado públicamente de “¿por qué me fui?”.

No fue por miedo, ni por cláusulas, ni por una estrategia. Simplemente porque durante mucho tiempo no sentí que fuera necesario explicarlo. Mi salida no fue un escándalo, ni una ruptura abrupta, ni una huida dramática. Fue una decisión. Y como muchas decisiones importantes, necesitó tiempo para asentarse.

Hoy, con distancia, perspectiva y menos ruido, siento que es el momento de contarlo.

No para ajustar cuentas ni para reescribir la historia, sino para poner palabras a algo que muchos han vivido desde dentro de las grandes tecnológicas y pocos expresan con calma: el momento en que entiendes que seguir avanzando ya no significa una evolución hacia algo mejor.

Trabajé más de seis años en equipos de Ads en Facebook, en Estados Unidos y en Europa, durante una etapa de hipercrecimiento y expansión global. Fue una época de ambición desbordante, de innovación constante y de una fe casi religiosa en que la tecnología podía —y debía— escalarlo todo.

Productos, ingresos, mercados… y también impacto.

Entrar en una empresa así no es solo incorporarte a un puesto de trabajo; es aceptar una forma muy concreta de entender el mundo.

Todo se mide, todo se compara, todo se optimiza.

Aprendes rápido que no existen las decisiones pequeñas cuando trabajas con plataformas que influyen en millones de personas cada día. Cada ajuste, cada experimento, cada línea de código tiene efectos que van mucho más allá del equipo que los ejecuta.

Mi rol me dio visibilidad directa sobre cómo se diseñan sistemas de monetización, soporte y crecimiento, y sobre cómo las decisiones de producto impactan no solo a anunciantes y resultados financieros, sino también a usuarios, comunidades y, en última instancia, a la sociedad.

Estar en Facebook Ads significó estar en el cruce donde convergen dinero, comunicación, política y comportamiento humano. No desde la teoría, sino desde la práctica.

Durante años creí —y no era una creencia ingenua— en la misión original de la compañía: Make a world more open and connected”. Ese espíritu estaba presente en muchos equipos, en muchas conversaciones y en muchas personas con enorme talento y vocación. No era un eslogan vacío.

Había una convicción real de que conectar personas podía generar valor social además de económico.

Pero con el tiempo, algo empezó a resquebrajarse.

No de forma súbita ni evidente, sino progresiva. Empecé a entender que la tensión entre crecimiento, automatización y responsabilidad no era un fallo del sistema: era el sistema. A medida que una plataforma crece, las decisiones dejan de optimizarse para las personas y empiezan a optimizarse para la propia supervivencia del modelo.

La automatización es imprescindible.

Sin ella, nada de esto funcionaría. Pero también tiene un efecto colateral: reduce el espacio para el contexto, la excepción y el criterio humano. Los sistemas, cuando alcanzan cierta escala, tienden a protegerse a sí mismos. Eliminan fricción, minimizan riesgo legal, reducen intervención humana y priorizan la eficiencia incluso cuando el coste es la experiencia, la empatía o la confianza.

Este aprendizaje no llegó con un gran titular ni con un único evento. Fue acumulativo. Fue observar cómo decisiones complejas se justificaban siempre con el mismo lenguaje: métricas, impacto, precedentes, escalabilidad. Lenguaje técnico, correcto, incuestionable.

Y, sin embargo, cada vez más desconectado de las personas que quedaban al otro lado de la pantalla.

Trabajar en publicidad te coloca en una posición especialmente sensible. Ves cómo las herramientas que construyes pueden servir para vender un producto, pero también para amplificar narrativas, segmentar audiencias vulnerables o influir en procesos sociales a gran escala. Los sistemas no tienen ideología, pero sus efectos sí la tienen. Y cuando eso ocurre, la responsabilidad se diluye entre procesos, equipos y automatismos.

A ese contexto profesional se sumó uno personal. Viví de cerca el clima político y social posterior a las elecciones de 2016 en Estados Unidos (las que ganó el señor naranja). El estrés constante, la polarización, la sensación de vivir en alerta permanente. El impacto físico de sostener ese ritmo durante demasiado tiempo. Y también experiencias de racismo dentro de la propia empresa: algunas explícitas, muchas sutiles, casi siempre normalizadas.

La diversidad, que durante años había sido una convicción real, empezó a transformarse en un ejercicio de cumplimiento. Mucho discurso, muchas iniciativas visibles, pero cada vez menos capacidad real para cuestionar decisiones incómodas. Vivir esa contradicción desde dentro no genera un conflicto inmediato; genera desgaste. Un desgaste silencioso, acumulativo.

Llegó entonces el momento del ultimátum: reubicación, reaplicación, adaptarse a opciones que, sobre el papel, existían, pero que en la práctica no eran viables para mí.

Seguir significaba asumir un coste personal, físico y emocional que ya no estaba dispuesto a normalizar.

No porque no pudiera hacerlo, sino porque no quería seguir justificándolo.

Decidí reorientar mi camino profesional.

No fue una huida ni una reacción impulsiva. Fue una decisión consciente. Elegí priorizar salud, coherencia y criterio. Elegí volver a Europa y reconstruir desde un lugar donde pudiera trabajar con más calma y mayor sentido.

Salir de una empresa como Facebook no es fácil.

Ni emocional ni simbólicamente. Te llevas aprendizajes inmensos, pero también preguntas incómodas. Te obliga a redefinir ¿qué significan el éxito, el impacto y la ambición?. Te obliga a dejar de medir tu valor por el tamaño del logo en el currículum y empezar a medirlo por la calidad de las decisiones que tomas.

Hoy no reniego de la tecnología ni de la escala. Haber trabajado ahí me permite entender profundamente ¿cómo funcionan los sistemas grandes?, ¿qué los hace eficientes? y ¿dónde están sus puntos ciegos?. Precisamente por eso, hoy elijo trabajar en entornos donde ese conocimiento sirve para construir con más cuidado.

Aporto más valor en contextos donde las decisiones aún pueden explicarse con palabras humanas y no solo con dashboards.

  • Donde la automatización es una herramienta, no una excusa.

  • Donde crecer no implica necesariamente deshumanizar.

  • Donde el impacto a largo plazo pesa tanto como el resultado inmediato.

Esta historia no va de ¿por qué salí de Facebook?. Va de algo más incómodo y más universal: el momento en que todos, antes o después, tenemos que decidir si seguimos avanzando por inercia o si nos detenemos a preguntarnos ¿para qué seguir?.

Porque no todas las decisiones que funcionan son decisiones correctas. Porque no todo lo que escala mejora. Porque no todo lo que se optimiza merece ser perpetuado.

Vengo de la gran escala. Del Make a world more open and connected”. Y he visto, desde dentro, cómo esa promesa se fue diluyendo hasta convertirse en otra cosa… “El Metaverso”… no es solo un producto fallido; es el síntoma de una desconexión más profunda entre visión, poder y realidad.

Hoy trabajo mejor donde las decisiones importan no solo porque funcionan, sino porque son coherentes.

Y ojalá este texto sirva, al menos, para que quien lo lea se pregunte lo mismo en su propio camino… no solo ¿qué estás construyendo?, sino ¿por qué lo haces?¿eres feliz así?….  ¿a qué precio?

Siguiente
Siguiente

La Bondad de los Desconocidos